PUBLICADO:
2012-09-30
Antonio Zambrano
Allende
Intento escribir en
este mar de pixeles y códigos binarios, como pretendiendo asir arena
con las fuerzas de mis puños y esperar que no corra entre los dedos
pedazos de la realidad que suelen dar vueltas, incomprensibles, entre
mis pensamientos, hoy insomnes.
Escribir se me
vuelve, en estos tiempos, incluso mucho más difícil que lo que
imaginé era la referencia de Thomas Mann a los verdaderos
escritores, cuando decía: "Un escritor es alguien para quien la
escritura es más difícil de lo que es para otras personas". Y
yo, que soy bastante menos que un escritor real, sufro los libros
infinitos que construyo en mis noches de latencia, en que retumba en
mi cabeza eso de "dormir es morir" y quiero seguir un rato
más en el juego de luces y sombras que me permite el tiempo, cada
vez con mayor esfuerzo.
Se acaba rápido una
semana en que ingreso peligrosamente a los 29 años de vida y la
amenaza de continuar aquí por algún tiempo me sofoca con relojes y
"casas de Asterión", como si el día a día no me obligara
ya lo suficiente a mantenerme alerta del movimiento del sol sobre
nuestras cabezas.
Es curioso como en
el fondo de cada mirada hay interpretaciones tan diferentes de lo que
es este camino, el pequeño trayecto que solemos compartir con los
camaradas en la ruta y al mismo tiempo, nuestra necia ambición por
ignorarlas todas para seguir con esta inercia sin sentido a priori,
llena de saltos mortales y deportes de aventuras, capillas y
pantanos, sillas y bicicletas; una suerte, siempre, de humor negro o
broma de doble sentido, que nos pone todo en cuestión menos una: que
debes levantar los puños y apretar los dientes, porque la existencia
es una lucha a muerte y el que baje la guardia y espere el campanazo
terminará con la rutina rompiéndole los dientes.
No valen las
depresiones ni cualquier otra enfermedad burguesa del que hayamos
sido contaminados por pasar cerca de alguna ciudad capital. Estamos
condenados a querer que las cosas salgan bien, muy a pesar de nuestro
pesimismo (y de Bryce), así que a tomar un café, leer un poco más
de aquel libro y seguir intentando entender por alguno de sus
extremos esta sociedad, con el único motivo, ya que estamos muy
lejos del grado de filósofos, de transformarla
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