domingo, 10 de noviembre de 2013

Monigotes castradores



PUBLICADO: 2012-01-08
Enrique Dussel en los años 70, junto con algunos teóricos comprometidos de su generación, que parecían temer tanto al caer en la presunta objetividad burguesa como en los métodos y buenos modales de las ciencias sociales, se dedicaron a construir la hoy abandonada corriente de la filosofía de la liberación; de esta construcción propia de latinoamérica es que Dussel, con implacabilidad marxista, sostenía que la educación y la construcción del pensamiento de occidente en América Latina se impartia historicamente por “maestros castrados que castraban a sus discipulos”.
Una suerte de paraiso de eunucos hecha continente, que disfrutaban plagiando y copiandose unos a otros las ideas que encontraban en los libros de un monton de muertos del otro lado del oceano y que se rodeaban y regodeaban de metodos, formas y estandares sobre los cuales estaba permitido pensar.
De los 70's al día de hoy muy poco del pensamiento crítico a quedado en pie y mas bíen ahora se celebra el snobismo, la mirada indiferente, caricaturizante y patetica de nuestra realidad, como unica superación generacional de la anterior (que fue destruida mas que perdida).
Pero el drama es que la frase de Dussel cobra una vigencia brutal en nuestros días y ha trascendido de la manera de impartir educación y producir conocimiento a la misma lógica de pensar cotidianamente y emitir opinión.
Me refiero al rol de los medios de comunicación masiva; a esas empresas que día a día sueltan frente a nuestras pantallas a esa verdadera polícia del pensamiento, a los mariateguis, los althaus o las deltas siempre dispuestos a insultarnos o degradar a distancia al ciudadano de a pie ante la mas minima muestra de oposición o levantamiento de cejas al encontrarse con sus argumentos huecos, que a la vez la maquinaria de “LA comunicación” se encargará de reproducir de maneras mas subliminales o menos grotescas en cada noticia, mensaje o nota, sea económica, política o polícial (entre perros muertos y madres asesinas). Por lo que la castración del pensamiento crítico se ha vuelto en nuestro país un deporte de periodistas (o aquellos que ejercen este oficio) por excelencia.
La vejación es constante y sostenida, solo puesta a la luz por las aisladas excepciónes de los medios alternativos marginales o el internet.
La libertad de expresión, cierta para algunos pocos opinólogos envueltos en sabanas sociológicas, es una quimera en un pueblo castrado de ideas que confronten una realidad construida a diario por la prensa y sus monigotes eunuco-castradores. Quizá sea por eso que la claridad y las mas grandes luchas por cambios se encuentran fuertemente atrincheradas en cualquier otro lugar del país fuera de Lima, una capital con demasiados millones de castrados.

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