PUBLICADO:
2013-11-09
Un acordeón suena
en el tren, y me hace, por fin, dejar de preguntarme porque gasto las
pocas horas que paso por aquí en aventurarme a salir del aeropuerto
Charles de Gaulle y explorar las calles por las que habría de morir
Vallejo, un día como hoy jueves con aguacero, uno de aquellos de los
que no puedo tener el recuerdo.
La musica pone en
contexto las paredes graffiteadas de la urbe. La ironía tiñe mi
sonrisa al pensar que luego de 4 visas rechazadas en América
(Estados Unidos 3 y Canadá 1) , sería finalmente un país
periférico de Europa, como es Polonia, la que me daría el susodicho
papel para gozar, al menos por dos únicas y breves entradas, ese
aroma burgués de la ciudadanía global.
Los túneles de la
estación Notre Dame me reciben fríamente, casi con indiferencia,
entre los cardúmenes humanos que, de todos los colores, corren en
direcciones caóticas, mientras que al finalmente salir a la
superficie el sol resulta ser una agradable coincidencia sobre mi
rostro mientras se esfuerza por driblear las nubes que dominan París
esta tarde honda y sin muchos versos.
En las avenidas los
inmigrantes de todos los colores "no-nacionales" venden lo
que pueden a los que quieren.
De pronto, la
diferencia horaria logra arrancarme los primeros bostezos, y a cada
minuto siento correr el riesgo de que mi precario francés se evapore
en el aire sin que deje los trámites resueltos de cruzar la ciudad
en solitario.
La catedral de notre
dame es tan hermosa y gótica como pensé, y valió la pena entrar a
pesar de que en lugar de un jorobado, tuviera en ella miles de
turistas, todos ellos con cámaras prohibidas sacando fotos
prohibidas con sonrisas prohibidas. Los letreros parecen necesitar
traducciones extras.
No pasa allí más
de 30 o 40 minutos y continúo de regreso en el subterráneo, ahora
más difícil ya que detesto preguntar direcciones, lo cual me lleva
al menos 15 minutos en sumergirme en el proceso de descifrado de los
tableros para encontrar la localización exacta de mi tren a La
Torre. Si, esa famosa del mismo que construyó el Museo de Arte de
Lima.
La capital, a pesar
de su belleza, vieja y culta, no me sorprende mucho y parece que a
ella no le interesa demasiado mi opinión poco ilustrada de sus
calles y su cielo, que ha propósito no es menos panza de burro que
el nuestro en estos días de otoño. Al fin y al cabo soy un viajero
más de una ciudad que pasó por la tinta de Julio Ramón Ribeiro,
Cesar Vallejo y decenas de miles de famosos anónimos que buscaron el
encuentro apasionado con La Ville-Lumière durante el breve siglo XX,
por lo que no tengo más aspiración que esta crónica desbalanceada
y larga de estás 12 horas francesas.
Cuando finalmente,
unos minutos y vueltas innecesarias después, esa montaña de metal e
ingeniería estaban frente a mi, la carcajada salio natural. Como
esos placeres que se comparten en medio de una multitud desconocida,
me río de estar allí. Y mientras me acerco sigilosamente para no
despertar al gigante, la garua arrecia, las nubes deciden bajar a
acompañarnos y la visibilidad empieza a ser una buena intención que
lucha contra el lente de mi cámara. Me da ganas de fumar, o de
sentir un poco de muerte pasar solo de visita por los pulmones.
Mientras hago el
camino de regreso releo los 7 ensayos de Mariategui y observo las
caras de la gente de esta ciudad vieja, caras cansadas y apretadas
cuerpo con cuerpo, desconocidos y silenciosos y unos titulares de Le
Monde me escupe improperios neofascistas del Front Nacional odiando
al "extranjero", el mismo día del aniversario del
nacimiento de Albert Camus. Casi en un afán de sarcasmo.
Termino de escribir
estas lineas desordenadas y sin mayores pretensiones, en el avión
rumbo al otro extremo del mundo; voy a Sudafrica, a encontrarme con
parte del orbe que no esperaba tener en esta vida la oportunidad de
conocer.
No recuerdo haber
hecho turismo en lo que va de estos 30 años, sino un ejercicio
viajero a lo Proust, intentando no viajar para cambiar de lugar,
viajar para cambiar de ideas. Y aunque mi método sea firmemente el
mismo (y los que me conocen saben cual es), mis hipótesis se
encuentran mas permeables que nunca a la duda, el aprendizaje y el
error. Johannesburgo me recibirá tan indefenso como sea necesario
para poder volver mas fuerte de lo que soy ahora.

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