domingo, 10 de noviembre de 2013

Un hombre - cholo americano en París




 

PUBLICADO: 2013-11-09

Un acordeón suena en el tren, y me hace, por fin, dejar de preguntarme porque gasto las pocas horas que paso por aquí en aventurarme a salir del aeropuerto Charles de Gaulle y explorar las calles por las que habría de morir Vallejo, un día como hoy jueves con aguacero, uno de aquellos de los que no puedo tener el recuerdo.

La musica pone en contexto las paredes graffiteadas de la urbe. La ironía tiñe mi sonrisa al pensar que luego de 4 visas rechazadas en América (Estados Unidos 3 y Canadá 1) , sería finalmente un país periférico de Europa, como es Polonia, la que me daría el susodicho papel para gozar, al menos por dos únicas y breves entradas, ese aroma burgués de la ciudadanía global.

Los túneles de la estación Notre Dame me reciben fríamente, casi con indiferencia, entre los cardúmenes humanos que, de todos los colores, corren en direcciones caóticas, mientras que al finalmente salir a la superficie el sol resulta ser una agradable coincidencia sobre mi rostro mientras se esfuerza por driblear las nubes que dominan París esta tarde honda y sin muchos versos.

En las avenidas los inmigrantes de todos los colores "no-nacionales" venden lo que pueden a los que quieren.

De pronto, la diferencia horaria logra arrancarme los primeros bostezos, y a cada minuto siento correr el riesgo de que mi precario francés se evapore en el aire sin que deje los trámites resueltos de cruzar la ciudad en solitario.

La catedral de notre dame es tan hermosa y gótica como pensé, y valió la pena entrar a pesar de que en lugar de un jorobado, tuviera en ella miles de turistas, todos ellos con cámaras prohibidas sacando fotos prohibidas con sonrisas prohibidas. Los letreros parecen necesitar traducciones extras.

No pasa allí más de 30 o 40 minutos y continúo de regreso en el subterráneo, ahora más difícil ya que detesto preguntar direcciones, lo cual me lleva al menos 15 minutos en sumergirme en el proceso de descifrado de los tableros para encontrar la localización exacta de mi tren a La Torre. Si, esa famosa del mismo que construyó el Museo de Arte de Lima.

La capital, a pesar de su belleza, vieja y culta, no me sorprende mucho y parece que a ella no le interesa demasiado mi opinión poco ilustrada de sus calles y su cielo, que ha propósito no es menos panza de burro que el nuestro en estos días de otoño. Al fin y al cabo soy un viajero más de una ciudad que pasó por la tinta de Julio Ramón Ribeiro, Cesar Vallejo y decenas de miles de famosos anónimos que buscaron el encuentro apasionado con La Ville-Lumière durante el breve siglo XX, por lo que no tengo más aspiración que esta crónica desbalanceada y larga de estás 12 horas francesas.

Cuando finalmente, unos minutos y vueltas innecesarias después, esa montaña de metal e ingeniería estaban frente a mi, la carcajada salio natural. Como esos placeres que se comparten en medio de una multitud desconocida, me río de estar allí. Y mientras me acerco sigilosamente para no despertar al gigante, la garua arrecia, las nubes deciden bajar a acompañarnos y la visibilidad empieza a ser una buena intención que lucha contra el lente de mi cámara. Me da ganas de fumar, o de sentir un poco de muerte pasar solo de visita por los pulmones.

Mientras hago el camino de regreso releo los 7 ensayos de Mariategui y observo las caras de la gente de esta ciudad vieja, caras cansadas y apretadas cuerpo con cuerpo, desconocidos y silenciosos y unos titulares de Le Monde me escupe improperios neofascistas del Front Nacional odiando al "extranjero", el mismo día del aniversario del nacimiento de Albert Camus. Casi en un afán de sarcasmo.

Termino de escribir estas lineas desordenadas y sin mayores pretensiones, en el avión rumbo al otro extremo del mundo; voy a Sudafrica, a encontrarme con parte del orbe que no esperaba tener en esta vida la oportunidad de conocer.

No recuerdo haber hecho turismo en lo que va de estos 30 años, sino un ejercicio viajero a lo Proust, intentando no viajar para cambiar de lugar, viajar para cambiar de ideas. Y aunque mi método sea firmemente el mismo (y los que me conocen saben cual es), mis hipótesis se encuentran mas permeables que nunca a la duda, el aprendizaje y el error. Johannesburgo me recibirá tan indefenso como sea necesario para poder volver mas fuerte de lo que soy ahora.



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